"Bienaventurados los de limpio corazón" • Mateo 5:8


Lávese las manos. ¡Lávese las manos! Muy a menudo se nos recuerda sobre la necesidad de lavar nuestras manos. Después de usar el baño, antes de comer, después de comer, antes de cocinar, después de cocinar. Es muy difícil mantenerlas limpias.

 

¡Y eso son sólo nuestras manos! ¡Trate de mantener limpio su corazón, y tendrá una tarea imposible! ¡Qué difícil es tener motivaciones totalmente puras! Cuando corto esa pequeña sección de hierba entre la casa de mi vecino y la mía, la buena obra se estropea con la intención egoísta de que tal vez me preste su cortadora. Dono un poco de dinero a una causa de caridad que vale la pena, pero solamente porque no quiero decepcionar a la sincera persona que la pide.

 

Podemos esconder nuestros motivos impuros de los demás, pero no de Dios. La Biblia dice: "No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre, pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón" (1 Samuel 16:7). No podemos burlar a Dios. No se pueden cubrir las ideas falsas ni los engaños escondidos. Dios mira a través de la acción externa e inspecciona la motivación interna. Él está buscando a los puros de corazón.

 

¿Cuál es la medida para ese tipo de pureza interior? Dios nos pone como ejemplo su perfecta voluntad y nos mide con base en ella. La conclusión es que todos nosotros hemos pecado y no podemos cumplir con el estándard sin pecado que Dios ha establecido para nosotros. Bajo la inspección de Dios, nuestros corazones no son puros. 

 

¿Cuál es la solución? Nuestros corazones necesitan ser lavados. Pero ¿cómo? No podemos lavarlos nosotros mismos, así que Jesús lo hizo por nosotros. La Biblia dice: "la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado" (1 Juan 1:7). Mediante su muerte por nosotros, Jesús lavó nuestros corazones; él nos ha limpiado de la mancha del pecado. Por medio de él todos nuestros pecados son perdonados y nuestros corazones ahora son puros ante los ojos de Dios.

 

El perdón de los pecados y la pureza de corazón que hemos recibido gratuitamente de Jesús, nos motivan poderosamente a alejarnos de cualquier cosa sucia. No querremos ensuciar otra vez nuestros corazones con cosas pecaminosas. Más bien, estaremos felices de esforzarnos por vivir de acuerdo con el camino puro que Dios enseña y, de ese modo, mostrar nuestro gran aprecio por el sacrificio que Jesús hizo para lavar y limpiar nuestros corazones. 

 

Impreso el 2011-08-01