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Con la llegada de la adolescencia la vida familiar pasa a un segundo – muy segundo- plano para los chicos y es la vida social, los amigos, las salidas con ellos el mejor plan que pueden imaginar. En medio de estos grandes cambios, donde los adolescentes se van rebelando y separando de ese lazo que los unía a sus papás cuando eran niños para construir otro tipo de vínculos, aparece el primer novio o novia, y es ahí cuando surgen muchos dilemas, sobre todo para los padres de hijas mujeres. 

¿Está bien que tenga novio? ¿No es muy chica para eso? ¿Qué va a pasar con el estudio? ¿Y si lo descuida? ¿La dejamos salir? ¿Dejamos que el novio venga a casa? Estas y otras preguntas se entrecruzan y no encuentran la respuesta justa que tranquilice a los padres. 

En todos los casos, es importante no subestimar las relaciones de los chicos y acompañarlos de la mejor manera posible, siempre tratando de entenderlos y demostrándoles que pueden confiar en sus padres, que pueden contar con ellos. 

 

Estas son algunas sugerencias que pueden ayudar: 

Es fundamental aprender a decodificar el lenguaje de los adolescentes. Sobre todo ahora que ellos se rehúsan a ponerle etiquetas a las relaciones y pueden hablar del chico que les gusta, con el que salen, al que ven, pero es muy difícil que digan “mi novio”. Por eso, hay que estar atentos a lo que cuentan e ir tanteando el terreno para identificar qué tipo de relación están teniendo. 

Demostrarles que pueden confiar en sus padres para contarles lo que sea. Esto debe comenzar ya desde la infancia porque abrirá el juego para que el día de mañana se sientan seguros y tranquilos de contarnos todo lo que necesiten. 

En el momento en que nos cuenten que están de novio/a evitar el “interrogatorio policial” bombardeándolos con preguntas del tipo “de qué familia viene”, “dónde vive”, “dónde estudia”… y dar el espacio para que de a poco ellos puedan ir contando estos detalles como para ir sabiendo de quién se trata qué es lo que les está pasando con esa persona, qué sienten y demás. Siempre poniéndonos del lado del escucha y sin cuestionarlos. Hay que despojarse de las frases hechas como “sos muy chica para tener novio”, “primero tenés que estudiar y después vemos” o “esas son pavadas de adolescentes”, porque no hacen más que ahuyentarlos y provocar que se cierren al diálogo y no nos cuenten nada más. 

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Ver esta nueva relación como algo positivo, como una expresión de amor, de cariño y no como una tragedia. Sin oponerse a ella, felicitarlos y acompañarlos de cerca. Esto quiere decir, estar atentos a cómo influye esta relación en su vida cotidiana, si hay algún cambio de conducta para bien o para mal, si se muestran más introvertidos, si están muy pendientes del teléfono, de las redes sociales, si pueden estudiar o no, etc., e interceder, siempre desde el diálogo, cuando veamos que algo no está yendo bien. No hay que olvidar que los primeros noviazgos están llenos de felicidad pero también de mucho sufrimiento, inseguridades y miedos ya que se trata de los primeros aprendizajes de las relaciones, y si en vez de hacerlos sentirse acompañados les prohibimos que vean a su novio o subestimamos su relación, convertiremos esta experiencia necesaria y normal en la adolescencia en un problema para todos.



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