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Acorralados por agentes de Inmigración o en peligro de ser deportados, miles de inmigrantes, solos o con sus familias, continúan su éxodo forzado hacia Canadá, donde esperan encontrar el refugio que les niega la Administración Trump.

Ignorando rótulos en inglés y francés que frenan el paso a peatones, los migrantes caminan en fila india por senderos poco transitados en el extremo norte de Nueva York o de Vermont, hacia otro destino incierto, cargando las pertenencias que quepan en raídas maletas o abultadas mochilas.

El cruce en Saint-Bernard-de-Lacolle, en la provincia francófona de Quebec y al norte de Champlain (Nueva York), se ha convertido en un hervidero de inmigrantes procedentes de Estados Unidos, y del exterior. Muchos llegan hasta la frontera en taxis, coches privados, camionetas, y autobuses.

Las autoridades instalaron recientemente una carpa, con calefacción, luz eléctrica, y piso de madera, para albergar a hasta 500 migrantes en esa localidad, mientras se procesan sus solicitudes.

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Lo que comenzó como un goteo en el flujo migratorio al inicio de la Administración Trump en enero pasado, ahora es prácticamente una garúa constante. Según datos extraoficiales, alrededor de 200 solicitantes de asilo se instalan a diario en Quebec.



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