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Contrastes y desencantos de un presidente cuyo gobierno no termina de levantar el vuelo.

 

La imagen parecía de película: irreal, fantástica... todo el mundo recuerda aquellos días idílicos del año 2008, cuando el "huracán Obama", el "sunami Obama", el "tornado Obama", arrasó con una fuerza inverosímil las maltrechas defensas y diques  de los republicanos que veían, impotentes, como la infame "Era Bush" llegaba a su fin.

 

El ansiado relevo se esperaba como lluvia en un desierto y, como un hecho inusual, la heterogénea sociedad estadounidense logró verse como un todo casi compacto donde las naturales clases sociales antagónicas, cerraron filas en torno al "novedoso" proyecto demócrata, representado por un esbelto, elocuente y dinámico  joven político llamado Barack Obama, cuya sonora y varonil voz, unida a un carisma arrollador, terminó por seducir inevitablemente  a una fatigada nación que por ese entonces navegaba errática y amenazaba con naufragar ante una situación económica desastrosa, debilitada además, política, social y moralmente, luego de dos periodos continuos de una miope administración republicana, cuyos mejores intentos no lograron  contener al "fenómeno Obama", que "barrió" a un incierto John McCain y a una díscola y sexi  Sara Palin, que no ofrecían, en dos platos, mas que otro periodo con fuertes remanentes del nefasto George W. Bush.

 

Recordamos -dije líneas arriba-  aquel maravilloso y prometedor año electoral 2008. Año de la gran esperanza, en particular, para los sectores de la sociedad norteamericana tradicionalmente marginados, empezando por los afroamericanos, seguidos por latinoamericanos, asiáticos y un largo etcétera de nacionalidades. Recordamos también desde muy bien articulados y prometedores discursos hasta frases cortas, pero cargadas de una energía patriótica revitalizada que en verdad conmovían hasta las lágrimas y erizaban la piel.

 

Políticos, intelectuales progresistas, estrellas del cine y de la música, las artes y los medios, hasta el pintoresco "Joe, el plomero", aspiraban con deleite ese "aire nuevo" con un presidente "fuera de serie" y por primera vez en la historia del país, de origen afroamericano. Lo que nadie se imaginaba entonces, es que a tres años de mandato, esa energía radiante y esa aureola del presidente Obama se han esfumado como un fuego fatuo y hoy, mas delgado, encanecido y con un permanente semblante de preocupación, no es ni la sombra de lo que fueron esos felices días.

 

Peor aún, la mayoría de proyectos y promesas han ido a parar, si no al bote de basura, por lo menos al baúl de los recuerdos y ahora se respira en el ambiente de nuevo,  el desencanto, la tristeza, la angustia y desesperación, que han hecho presa fácil del norteamericano de la calle que ve, con rabia e impotencia, como el "presidente de la esperanza" y almidonado Premio Nobel de la Paz, es un alfil sin albedrio, o como dijo alguien, una lastimera "victima de las circunstancias" que aún trata desesperadamente por no pasar a la historia como un "buen hombre" lleno de buenas intenciones, pero que se topó con una maquinaria corrupta y todopoderosa que le estropeó los planes y le ató las manos desde un Congreso con mayoría republicana que le pone la música y le marca el paso que debe bailar.

 

Pero lo peor para él está por venir: disminuido en el enorme traje del presidente del país más poderoso del mundo, y sin que nadie se lo haya advertido aún, puede estar a las puertas de enfrentar el peor de sus fracasos postulándose para un nuevo periodo, pues ahora es él quien está engañado ante un espejismo, creyendo que el suyo ha sido un gobierno ejemplar y que podrá seducir nuevamente a los norteamericanos y a las minorías huérfanas de esperanzas, con la misma retórica del 2008. Buena suerte presidente "Oreo" Obama.

 



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