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Cuántas veces hemos escuchado decir a los padres de familia: ¡Qué pésima escuela! Ahí no educan a nuestros hijos. No les enseñan a obedecer, a comportarse a practicar los valores. Mi hijo no aprende porque tiene malos maestros.

 

Que error tan grande responsabilizar al docente o a la escuela de esta situación.

En realidad, la educación inicia en el hogar y ahí mismo termina. Es decir, si los alumnos tienen bien fundados sus principios morales, los valores que la familia les ha inculcado; en la escuela solo los practican, los fortalecen y algunos los adquieren. Pero es en vano tratar de "enseñar valores"cuando en el seno familiar no hay respeto entre sus miembros. Hay distanciamiento, falta de comunicación o violencia. Es imposible querer hacer hijos "buenos" en la escuela, cuando no hay la más mínima disposición de la familia para fomentar los buenos hábitos, las costumbres sanas y los valores morales básicos que deben caracterizar al individuo como ente social.

 

La educación valoral es responsabilidad de todos: familia, escuela y sociedad.

Un hogar es el núcleo de armonía, afecto y convivencia. Debe demostrarse el amor, la confianza, la lealtad, entre muchos otros valores. No es suficiente con que los padres les digan a sus hijos: pórtate bien, siéntate correctamente, lávate las manos antes de comer e ir al baño, haz la tarea. Es necesario predicar con el ejemplo, ser un modelo positivo a imitar. Si en el ambiente familiar reina la paz, el respeto, la solidaridad, la comprensión y el apoyo, seguramente los hijos harán lo mismo en donde se encuentren: escuela, parque, reuniones sociales, cine, etc.

 

Y si por el contrario, la rutina diaria es el maltrato físico, los insultos, el rencor, las discusiones violentas, el desorden, eso mismo se reflejará en el comportamiento de los alumnos en la escuela.

 

Ahora bien, es responsabilidad compartida de los maestros fomentar los valores, persuadir a los educandos de los beneficios que genera el ser un individuo con probidad moral. Insistir en el trato cordial, la disciplina, la convivencia, la honestidad y el respeto absoluto a los derechos de los demás.

 

Lo que los libros de texto dicen, es solo la referencia para adoptar una actitud recomendable socialmente hablando. El verdadero aprendizaje significativo, la metacognición, se dará a medida que los modelos a imitar sean los mejores, los que prediquen con el ejemplo. La teoría es solo eso, se requiere vivir y experimentar lo que aprendemos para valorar su dimensión.

 

No está por demás convertir el quehacer educativo en una constante de formación valoral. Hagamos más de lo que hacemos, pero hagámoslo bien. Pensando y actuando. Siendo congruentes con nuestra filosofía de vida y nuestro proyecto personal.

 



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