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Por partida doble la administración Obama se enfrenta a situaciones sumamente difíciles por estos días

De Estados Unidos a Europa  y, de esta al Asia, sin dejar de lado al continente  africano, el Oriente Medio y América latina, por supuesto, un sentimiento de honda preocupación recorre como un fantasma los cuatro puntos cardinales del planeta: una crisis económica sin precedentes amenaza el orden internacional. Nadie está a salvo de la debacle que, unida a una serie de catástrofes naturales, han sacudido fuertemente los cimientos del mundo capitalista y del socialismo en transición en algunos países.

 

No. No se trata como otras tantas veces, de periodos de crisis que a lo largo de décadas hemos venido escuchando sin sorprendernos mucho pues en realidad, los efectos y consecuencias no nos habían golpeado de manera tan certera y despiadada como ahora.

 

Cualquier persona con una mediana cultura, sabe que dentro de un sistema económico-político se dan este tipo de fenómenos que forman parte natural de  la dinámica de dicho sistema. Lo que tiene  verdaderamente preocupados a los expertos por estos días, es que cada vez las crisis del sistema son menos espaciadas, es decir, se están produciendo en periodos de tiempo relativamente cortos, y ni bien salimos de una cuando ya estamos cayendo en otra. Y no estoy hablando de cualquier crisis, esta vez los efectos son alarmantes: el primero con la crisis hipotecaria recién pasada (administración Bush) que hizo perder sus propiedades y llevó a la quiebra a millones de personas. La solución de emergencia en ese momento fue inyectarle 700 mil millones de dólares al sistema para que no se derrumbara.

 

Hoy en día, el mismísimo gobierno de los EEUU se quedó sin dinero para cumplir con sus obligaciones económico-financieras a nivel interno, por lo que, en un dramático y angustioso llamado por televisión del presidente Obama dirigido especialmente a los obsecados republicanos en el Congreso, casi de rodillas les pidió que "desatascaran" los fondos entrampados por ellos con todo tipo de triquiñuelas, ante lo cual finalmente accedieron.

 

Por aparte, y entre toda la cantidad de problemas que agobian y estresan al presidente Obama, ahora se suma otro que le ha quitado el sueño provocándole largas y pesadas horas de insomnio, este es, el problema palestino, al cual le llegó históricamente el momento  de abordar y fijar postura coherente con los principales enunciados democráticos  que tanto preconizan los norteamericanos: el derecho a la libre autodeterminación de los pueblos y, en este caso, el derecho del pueblo palestino a convertirse en un Estado al igual que lo hicieron sus eternos rivales israelíes hace seis décadas.

 

Logicamente existe una férrea oposición al tema principiando por los sionistas que ven amenazada su esfera de influencia en su reducidísimo territorio y ponen todo tipo de obstáculos para impedir ese reconocimiento que, ante la mayoría de países del mundo, es un imperativo para coadyuvar a alcanzar la paz en esa sufrida región.

 

El peso de los Estados Unidos en este asunto puede ser decisivo pero a la vez, se encuentra en un predicamento serio: por un lado mantener el apoyo y lealtad de su principal satélite en el medio oriente como lo es Israel y, por otro, congraciarse con los irascibles árabes, entre los cuales tiene también aliados importantes. Vamos a ver como se las arregla la pálida administración Obama  para salir del atolladero.

 

 



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