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¿A veces siente usted que las cosas que hace realmente no hacen ninguna diferencia? 

¿A veces es difícil para usted ver los resultados de su arduo trabajo? 

Este mes celebramos el día de acción de gracias. Quizá hay un debate en su mente si quiere invitar mucha gente, comprar un pavo grande y preparar recetas familiares que su mamá y su abuela prepararon cuando usted era niño. La idea suena bien pero la situación personal es difícil. 

Si la vida es súper difícil para usted o para su familia, es fácil escuchar la voz del diablo y preguntar, “¿Para qué? ¿Por qué sigo tratando?” Ofrendar culto de alabanzas, oraciones de gratitud al Señor, no importa si es el día de acción de gracias o si es otro día, parece como una hipocresía. 

Conozco un hombre que, sin ser su culpa, parece que no puede permanecer en un empleo por más de uno o dos años. Él ha llegado al punto de esperar ser despedido cuando quiera que haya reducciones de personal. ¿Desalentador? Sí, definitivamente. 

Cuando las situaciones en nuestras vidas nos llevan a sentirnos deprimidos o desanimados, fácilmente vienen a nosotros dos reacciones. La primera es culpar a Dios por los problemas. La segunda es pensar que, de alguna manera, Dios está castigándonos por algo que hayamos hecho. Sin embargo, ninguna de estas reacciones es correcta. 

El problema no está en Dios; está en el pecado. Todos los problemas de la vida vienen como resultado de vivir en un mundo lleno de pecado. Estos problemas incluyen despidos en el trabajo, problemas de salud, asuntos de familia y otros. Tendríamos que deshacernos del pecado para eliminar los problemas y las dificultades que nos desaniman. Pero podríamos pasar el resto de nuestras vidas tratando de lograr eso y nunca terminaríamos la tarea. Gracias a Dios, él logró lo que nosotros no podemos lograr. 

Merecemos ser condenados bajo el juicio de Dios por todo lo que hacemos, o decimos, o pensamos, que viola la voluntad de Dios de que vivamos vidas perfectas. Pero la Biblia nos da las buenas nuevas de Dios de que “cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones” (Salmo 103:12). En su gran amor por nosotros, Dios quitó todos nuestros pecados y los puso en Jesús. Él cargó a su Hijo con nuestra culpa. Jesús, nuestro Salvador, sufrió el castigo que nosotros merecíamos. Él murió para liberarnos de la muerte eterna. 

Aun cuando experimentamos desalientos en nuestra vida, nada puede quitarnos la paz que tenemos en Jesús, quien llevó nuestros pecados. Por medio de la fe en nuestro Salvador, somos hijos de Dios. Todos los días, Dios está a nuestro lado, ayudándonos en los tiempos difíciles. Con confianza y teniendo esperanza en él, nuestros desalientos se convierten en una tranquila seguridad de que nuestro amoroso Dios siempre nos lleva de la mano. 

 

Que razón maravilloso para decirle a Dios, en este Día de Acción de Gracias y en todos los días de  nuestras vidas, “¡Gracias padre amado!”



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