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Era verano y se podía ver el gran resplandor del sol en la ciudad de Montevideo. Para mí son los días más bellos del año. Siempre me gustaba tomar un café en un bar que tenía un patio que daba hacia una plaza. Ese lugar era muy especial para mi, disfrutaba solo con sentarme y observar su gente.

Un día como tantos dias que pasaba por el bar, no fue un día más. Llegué y el señor que atiende me saludó con su saludo tan particular.

¡Buenas tardes señorita! “Dichosos los ojos que pueden apreciar su belleza"

Buenas tardes, Mario. Estoy muy bien. Gracias por sus piropos diarios.

No hago más que decir la verdad– Comentó Mario con una sonrisa.

Mario me sirvió mi café, y me dirigí a una de las mesas del patio. Tomé un libro de una canasta que estaban a disposición para los amantes, de la lectura y me puse a leer. En ese momento sentí que alguien se acercó porque estaba tapando los rayos de sol que reflejaban en mi rostro. Levanté mi vista y había un hombre parado en frente de mí. Lo miré y le pregunté:

¿Necesita algo señor?

Sí, necesito algo. ¿Podría acompañarla a tomar un café? Yo estoy sentado dos mesas más allá, como lo hago habitualmente, al igual que usted. Siempre la observo y nunca me atreví a preguntarle esto.

Yo nunca lo vi antes…

Pero yo si a usted. ¿Me permite acompañarla?

Me quedé pensando un instante, no estaba acostumbrada hablar con extraños y menos compartir mi mesa. Pero su mirada me era familiar, no sé por qué razón me trasmitió tranquilidad o curiosidad y dejé que se sentara conmigo.

¿Cual es su nombre?

Me llamo , Jorge. ¿ y usted?

Mi nombre es Fernanda.

Después de presentarnos conversamos mucho, él era un hombre de negocio y me dio detalles de toda su vida. Me hacía muchas preguntas, respondí algunas, otras las evitaba porque no soy tan abierta a compartir cómo lo es él. Solo le comenté que era psicóloga y que me gustaba leer mucho.

Después de un tiempo, me levanté y me despedí de Jorge. Me retiré con la idea de volver a verlo, me había gustado mucho su compañía.

Al día siguiente lo enconté otra vez, él se dirigió a mi mesa y tomamos un café. Así se fue repitiendo la situación mientras iban pasando los días. Nuestras conversaciones ya eran de grandes amigos, él me comentaba problemas en su negocio y yo lo ayudaba con algunos consejos. El tiempo fue pasando y me fui abríendo más con él y comentaba mis cosas también.

La química entre él y yo crecía gradualmente. En muchas oportunidades habían espacios de silencio donde nuestras miradas se hacían sentir más penetrantes. Hasta que un día antes de retirarme del bar, él me abrazó y me besó. Todo cambió desde ese día. Una gran historia de amor y dolor nació.

La pasión que empecé a sentir por él era mágica, sus caricias, sus besos y la manera que me hacía el amor me hacían sentir diferente. Sobre todo era una relación con mucho deseo. Salíamos siempre en horas que yo estaba en la ciudad porque mi hogar quedaba lejos.

El me decía que era una mujer como la cenicienta, que tenía que regresar temprano o antes de la media noche a mi casa. Eso era muy gracioso cuando lo comentaba.

Pasaron muchas semanas, nuestra relación crecía y creía. A veces me preguntaba hasta dónde podían crecer los sentimientos porque lo que sentía por Jorge me estaba llevando a la locura. Estábamos en contacto todo el tiempo a través de mensajes o llamadas. En oportunidades me daba miedo la relación, temía que se fuera de control.

Un día salimos a la rambla de la ciudad y nos sentamos mirando el mar. El me abrazo, me miró a los ojos y me dijo que me amaba, luego me preguntó que sentía yo, y no supe qué contestar. El se asombró de mi silencio.

¿Por qué tu silencio Fernanda?

Porque te amo también.

¿Eso no es un problema? No entiendo tu comportamiento…

No me hagas caso, son miedos a confiar. Viví una traición en el pasado y eso me lleva a tener temores.

No tengas miedo Fernanda, yo nunca te haré daño. Te cuidaré, te protegeré de todo. Te amo más que a nada en el mundo. Daría todo por ti.

Escuché las palabras de Jorge y me hacían sentir muy mal. El era un hombre bueno, pero yo tenía una vida muy complicada para él. Tenía desconfianza, heridas del pasado que no me dejaba disfrutar completamente. Sentía que no merecía esa relación.

El me abrazó nuevamente y me besó intensamente. Luego me dijo que necesitaba irse temprano y yo lo entendí. Me di cuenta que necesitaba espacio. Sin profundizar en su decisión me despedí de él . Fui de compras antes de dejar la ciudad y cuando regresé a mi casa Jorge estaba esperándome afuera. No entendía cómo él estaba ahí si nunca le había dado mi dirección.

Con muchos nervios y con un nudo en la garganta le pregunté:

¿Qué haces aquí Jorge? ¿Cómo llegaste acá?

Simple, te seguí hace unos días.

¿Por qué hiciste algo así? ¡Tienes que irte ahora mismo!

¿Por qué? ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Acaso tu marido no sabe de mi existencia?

Cuando Jorge dijo eso, mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi vida oculta quedo al descubierto. Me dio tanta vergüenza que no pude mirarlo a los ojos. Jorge no decía nada y yo tampoco. Después de unos minutos le dije:

Por favor, tienes que irte de este lugar ahora mismo. –Jorge me abrazó y agregó.

No me iré sin ti. Puedo entender todo lo que hiciste, no me interesa si estás casada quiero estar contigo.

Yo no sabía qué decir, nunca me hubiese esperado que Jorge tomara la situación de esa manera.

No quise hacerte daño, las cosas se fueron de mis manos, llegaste en un momento de mi vida donde estaba confundida, recién me había casado y estaba asustada, no estaba preparada para un matrimonio. No está bien lo que hice. No puedo seguir contigo. Esto quedara como un bonito y nostálgico recuerdo de un gran y ardiente amor.

Jorge estaba triste, eso a mi me partió el corazón. Quería aliviar su dolor pero no podía. La vida oculta que viví se había terminado. Yo era una mujer casada viviendo una aventura no permitida.

Me pidió una última oportunidad. No le pude contestar. Nosotros no teníamos futuro. Fue doloroso verlo partir.

Después que se retiró, llegó mi esposo. En ese momento tomé la decisión de decir la verdad. Tal vez fui muy impulsiva pero no podía seguir con una doble vida, Lo enfrente y dije lo que estaba pasando. Mi esposo nunca se imaginó una noticia así, trato de entender que su falta y su engaño en el pasado nos alejo y quebró nuestra unión. Pero no aceptó separarse. Entonces decidí irme de la casa, me mudé a la cabaña de verano. Necesitaba estar tranquila.

Apenas llegué comencé a escribir una carta para Jorge.

Mi amor, en esta noche oscura y entre lagrimas te escribó este mensaje…

Le dije que lo amaba y todo lo que me pasaba. Al final le comente que estaba viviendo sola.

Pasaron muchos meses y no sabía nada sobre Jorge, él parecía tan enamorado y quería seguir conmigo aunque estuviera casada que no podia entender su desaparición…

Mi esposo finalmente aceptó el divorcio. Economicamente perdí muchas cosas, cedi a los pedidos de mi marido para que no se hablara en el divorcio sobre el motivo de nuestra sepración. Como no hice reclamos, todo fue más tranquilo.

Después de un tiempo tuve el corajé y fui al lugar habitual a tomar un café y me parecía verlo venir, pero solo era un sueño, él no regresaría. Pagué la cuenta y me dirigí a la rambla donde me dijo que me amaba por primera vez. Al llegar me llevé la sorpresa de mi vida. El estaba ahí, Jorge estaba sentado y junto a él mi ex esposo. Los dos estaban abrazados mirando el mar en el mismo lugar que estuve sentada yo con él. Me habían hecho un juego perfecto, se libraron de mí de la mejor manera, haciéndome sentir culpable y dejando todo por mi falta al matrimonio. Ellos dos eran amantes…

En ese momento pensé muchas cosas. En mí error desde un principio de no separarme de mi ex marido en el primer engaño. Otro grabe error fue tener un amante estando casada. El mayor aprendizaje para mi: “Nunca se termina de conocer a una persona”.

 

Fue una gran enseñanza de vida. Es difícil decir adiós pero a veces es inevitable y necesario poder hacerlo a tiempo.

Por Isabel Calione

Cómo Decir Adios"

Autora, Isabel Calione.



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